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Gracias a Nicolás Maduro

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Gracias a Nicolás Maduro

No podemos conocer de antemano las consecuencias que, con el transcurrir de los años, tendrán los acontecimientos que estamos viviendo hoy en el mundo. El calentamiento global, las epidemias, el avance del integrismo islámico, internet, las peculiares migraciones del siglo XX y lo que va del XXI… 

Las migraciones han cambiado ya varias veces la historia de Europa: los bárbaros sobre el Imperio romano; los escandinavos, anglos y normandos en las islas británicas; los moros en España y el sur de Italia o los turcos en Grecia y parte de los Balcanes; la colonización europea en todo el continente americano, desde Bering al Beagle. Y ahora Europa cambia su fisonomía étnica como la cambió el esclavismo en los Estados Unidos. Esas mismas migraciones provocan muros, guerras, negocios y hasta cambios profundos en la política. Despiertan a la vez nacionalismos latentes y las broncas de Francisco ante el egoísmo endogámico de los que quieren ser puros: una pretensión estúpida, sobrecargada y de muy mal gusto, de cualquier raza del planeta frente a las fortalezas probadas y evidentes de la polinización cruzada. 

Si hay una constante de las migraciones es que son imparables. Es que son el resultado de grandes desniveles de la economía política (o de la política económica), en las distintas regiones de un mundo desigual. No queda otra que aceptar la realidad de estos cambios sociales, capaces de transformar la identidad de naciones enteras. Hoy, muy a pesar de la cultura supremacista anglosajona, se habla castellano en todos los Estados Unidos. Y no solo hay negros en África. A toda América vinieron como esclavos en los siglos XVIII y XIX y a Europa migraron en barquitos en el XX y el XXI. Basta con ver un Mundial de fútbol para comprobar que la gana Francia con Kanté, Sissoko, Mbappé y Pogbá y no con Leclerc, Lafayette, Dupont y Villeneuve. No solo hay negros en las selecciones europeas, también hay mezquitas en todas sus ciudades y en cada barrio del mundo hay un supermercado chino y un en cada vereda un senegalés vende anteojos de sol. 

Cuatro millones de venezolanos ya han dejado su país de 30 millones para empezar una vida nueva más allá de sus fronteras. Cada día se nota más su presencia en la Argentina y sobre todo en Buenos Aires; ahí están abriendo camino donde a los argentinos solo se nos ocurre protestar. ¿Qué influencia tendrán con el tiempo los inmigrantes venezolanos, chinos o senegaleses en la Argentina? No me cabe duda de que será tanto o más positiva que la de los millones que llegaron a nuestro país despoblado de fines del siglo XIX

Hoy basta con disfrutar de la amabilidad contagiosa de esos venezolanos que sirven en los restaurantes, conducen taxis o atienden en una tienda cualquiera. Quizá sea esto lo que convierta definitivamente a la Argentina en una nación de gente educada y trabajadora. Y habrá que agradecérselo a Nicolás Maduro. (O) [email protected] gmail.com