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De los Clásicos a clásicos Frankensteins

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LOS ÁNGELES — ¿Clásico? Es la bendición extrema de una extrema rivalidad futbolística. Añejada, macerada, enriquecida, con sangre, sudor, festejo y lágrimas. La histeria hace historia. La historia hace histeria.

Y si gana Tigres no va a ser un Clásico. Y si gana el América, tampoco; ninguno necesita del otro.  Imago 7 Y la rivalidad, como tal, debe amamantarse continua y precisamente de sangre, sudor, festejo y lágrimas. Y tal vez, y sólo tal vez, una rivalidad extrema podrá ser un Clásico.

“¿Clásicos? Los únicos Clásicos que conozco son los cerillos”, declaró una vez Nacho Trelles, haciendo alusión a la marca más famosa de fósforos en México.

Así, El Viejo Zorro se desentendía de rivalidades extremas de los equipos que dirigió como América y Cruz Azul. Trelles odiaba etiquetar y ser etiquetado. Lo tenía claro Don Nacho: el futbol necesita sólo dos propagandistas: el gol y la victoria.

Pero, ocurrió que por la desesperación y el declive creativo de la mercadotecnia se empezaron a malbaratar los Clásicos. La degeneración u degradación de la especie.

Y se empezaron a parir los Frankenstein en la incubadora vertiginosa del absurdo: El Clásico Joven (América y Cruz Azul), el Clásico del Periférico (Televisa y TV Azteca), y hasta se quiso fomentar que los enfrentamientos entre Puebla y América, por un tiempo eran los nuevos clásicos.

La historia relata que el primer Clásico del futbol mexicano fue Necaxa contra Atlante. Después, los anales consignan el matrimonio de animadversión entre Chivas y Atlas. Y que José Antonio Roca, Guillermo Cañedo y Emilio Azcárraga Milmo elucubraron el Clásico Nacional.

Obviamente, Monterrey y Tigres no necesitaron venia ni anuencia de nadie para patentar su propio encono, pero, hasta en lo más inverosímil, Pachuca quiso hacer su propio Clásico ante Cruz Azul, por aquello del origen celeste en Jasso, Hidalgo.

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Sin duda no hay nada más lamentable que el descabellado intento por pretender fortalecer una rivalidad inventando clásicos con calzador, untaditos de vaselina para que resbalen, como ahora con Tigres y América.

El Nido no necesita ornamentar las declaraciones de guerra que le llueven cada siete días. Ese edicto oportunista del #ÓdiameMás basta y sobra para que el América se convierta en el más feliz aborrecido del futbol mexicano.

Y poco favor se le hace a Tigres, pintándolo como el urgido de ser ungido para entrar al tabernáculo de clásicos de opereta del América. Le hacen ver como la mascota o la casquivana en turno de Coapa.

Tigres se ha vuelto un equipo ganador, protagonista, bajo un estilo que podrá no agradar y que es prolífico bajo un ritual oligarca de la chequera. Cartera mata carita.

Si las circunstancias han colocado a Tigres y América en situaciones definitivas y definitorias, es fruto de que, a su manera, trabajan para su propio concepto de éxito. No llegan ahí por sorteo, sino por sistema.

Por eso mismo, el enfrentamiento de este sábado entre Tigres y América, se enriquece de la libertad absoluta de que gozan ambos equipos para despreciarse, sin tener un cordón umbilical, forzado, improvisado, febril, como llamarle clásico.

Porque debe quedar claro que el odio, la animadversión, la rabia que se profesan Águilas y felinos son de autoría propia y de potestad propia. Se odian por corresponderse y no por correspondencia de los medios.

Herido el América por descalabros en torneítos fabricados en microondas para villamelones en Estados Unidos, incluso uno de ellos de manera ridícula al hacer los cuatro goles del juego y ser vencido por Tigres, con esa cruz a cuestas, sólo queda esperar un juegazo este sábado.

Y si gana Tigres no va a ser un Clásico. Y si gana el América, tampoco. Porque ninguno necesita del otro. Cada uno patrocinará su propio destino.

Si algún día, antes del Juicio Final, a fuerza de partirse el alma y romperse las redes, se da la bendición extrema de una extrema rivalidad futbolística, añejada, macerada, enriquecida, con sangre, sudor, festejo y lágrimas, entonces, y sólo entonces, ambos necesitarán divorciarse ante el altar de los Clásicos.