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Los dilemas de Alberto Fernández por las venas abiertas de América

Trump también es clave para evitar que las tensiones crecientes con Brasil deriven en una guerra comercial, como pareció anticipar esta semana su decisión de comprar trigo sin aranceles fuera del Mercosur. “Es el único que le puede decir a Jair Bolsonaro que frene la escalada”, asegura un hombre del macrismo que debió lidiar con ambos. El militar brasileño siente una aversión ideológica por el kirchnerismo. Opera con categorías de la Guerra Fría, alimentadas por un entorno que comparte su visión. Hace tiempo evalúa romper el Mercosur y asociarse estratégicamente con Washington, como base de un esquema de acuerdos de libre comercio. Trump piensa que eso aislaría a Fernández, lo ligaría definitivamente al progresismo más radical y complicaría aún más la región

¿Quién es realmente Alberto Fernández ? La pregunta recorrió esta semana de una punta a la otra de América entre operadores financieros, dirigentes políticos y analistas internacionales. ¿Es el que le dijo a Rafael Correa que la Argentina no puede pagar la deuda o el que le prometió una relación cordial con Estados Unidos al representante de Donald Trump para la región, Maurice Claver-Carone? ¿Es el que ayer se bañó de progresismo en el Grupo de Puebla o el que una hora antes habló con el centrista Emmanuel Macron para acordar una posible visita a París? ¿Es el que elogia la liberación de Lula da Silva y el cuestionado triunfo de Evo Morales o el que planeaba viajar a Chile para encontrarse con Sebastián Piñera y compensar así su reunión con Manuel López Obrador en México?

“Quizás es un poco de todo eso junto”, sintetiza un hombre que está muy cerca del presidente electo, un posible ministro que admite que a pesar de su proximidad todavía está aprendiendo a decodificarlo y que solo se le ocurre una palabra para definirlo: “Pragmático”. Alberto Fernández se parece por momentos al personaje de Leonard Zelig, que mutaba su apariencia de acuerdo con sus interlocutores. Pero a diferencia del personaje de la película de Woody Allen, no lo hace por inseguridad, sino como parte de una estrategia dual. Por un lado, busca sumar adhesiones y ganar sustentabilidad política. Debe mostrarse confiable con los mercados, pero al mismo tiempo consecuente con su origen kirchnerista . Su mensaje hacia los emisarios externos es: “Vengo de la misma raíz, pero soy distinto”. El segundo motivo es ganar tiempo y postergar la definición de los nombres de su gabinete y de la hoja de ruta concreta que va a desarrollar en los primeros meses de su gestión. El argumento esgrimido es no quemar nombres anticipadamente y no relevar a Mauricio Macri de la responsabilidad de gobernar hasta el último día. En su entorno aseguran que a partir de esta semana habrá una dinámica distinta, más focalizada en el trabajo interno y menos en enviar mensajes hacia afuera. Para ello trasladaron el centro de operaciones albertista a unas nuevas oficinas en Puerto Madero. “México fue el búnker de campaña, con gente entrando y saliendo todo el tiempo. Ahora la idea es generar un ámbito más propicio para el trabajo de gestión”, explica un integrante del equipo. Fernández deberá asumir exactamente dentro de un mes, y aún le quedan muchas decisiones por tomar, sobre todo en materia económica. Por eso la única pregunta que realmente necesita ser respondida es: ¿Fernández tiene decidido qué va a hacer, o la imagen de Zelig esconde indefiniciones irresueltas?

En el viaje a México DF se lo vio muy cerca de Cecilia Todesca , lo cual alimentó especulaciones sobre su futuro como ministra. Pero Matías Kulfas sigue siendo el nombre más probable, según quienes creen interpretar el pensamiento del próximo presidente. Parece diluirse otra vez la opción de una figura externa de renombre, mientras Guillermo Nielsen parece muy activo en el rol de gestor financiero. Su reunión en Miami con Alejandro Werner, director del FMI para la región, fue positivo. En los dos días que compartieron encontró en el representante del organismo una actitud constructiva más allá del cambio de gobierno, sin demandas adicionales a pesar de los incumplimientos. Sin embargo, hay una sombra en el horizonte de la renegociación de la deuda: el enfrentamiento entre el Fondo y los acreedores privados. “Esto complica las tratativas”, reconocen en el albertismo, donde saben que no hay margen para contentar a todos. Con el FMI solo pueden reprogramar plazos. Con los bonistas, la solución “a la uruguaya” está en revisión.

Las convulsiones de América Latina no contribuyen a la definición de posicionamientos. La lectura que hacen ciertos sectores progresistas de que las agitaciones responden a las políticas de los gobiernos liberales es demasiado simplista. La Bolivia de Morales y el México de López Obrador también están profundamente sacudidos y no se trata precisamente de administraciones de derecha. El problema es más profundo. Según el académico Juan Gabriel Tokatlian, más allá de las particularidades de cada país, hay tres factores de base que son comunes: “Un déficit estructural de bienes públicos (salud, educación, justicia), una desigualdad arraigada que se agita ante sociedades más movilizadas y una debilidad institucional irresuelta”. En Chile no solo se cuestiona la gestión Piñera, sino la herencia pendiente del modelo pinochetista, que también comprende a socialistas y democristianos. Habrá que ver entonces qué reacción genera la cumbre que se está organizando desde el Grupo de Puebla para el 8, 9 y 10 de diciembre en Santiago, que reunirá a los principales referentes de lo que alguna vez fue la Concertación, incluyendo también al comunismo y a figuras como Marcos Enríquez Ominami, uno de los promotores de la movida. La intención es canalizar el descontento popular; el riesgo es ser arrasado por una dinámica social que excede los lineamientos ideológicos.

Alberto Fernández está preocupado por el clima de agitación en el vecindario y por eso les pidió a sus intermediarios sociales mantener el monitoreo de la situación acá. Sabe que la tolerancia ciudadana será acotada con su gestión. A él le toca asumir en una región que ya no es la de sus años dorados junto a Néstor Kirchner. Nicolás Maduro es un remedo de Hugo Chávez, Rafael Correa es un entrevistador del canal Rusia Today, Lula es un referente opositor que busca recuperar terreno y las commodities valen la mitad que en la década pasada.

El presidente electo logró encauzar embrionariamente el vínculo con Estados Unidos, pero por contrapartida se le complicó mucho la relación con Brasil. La reunión que tuvo en México con Claver-Carone fue lo más importante de su viaje. El funcionario viajó especialmente como un enviado directo de Trump para hablar con él. Lo habían acordado unos días antes, cuando conversaron por teléfono. El inquilino de la Casa Blanca no siente por Fernández la empatía empresaria que tenía con Macri, pero sí lo impulsa la convicción de que la Argentina no puede ser otro factor más de inestabilidad en América Latina, y que para ese fin requiere de un gobierno afirmado.

Fernández habló mucho con López Obrador sobre cómo lidiar con el impredecible tuitero norteamericano. El mexicano encontró una receta para garantizar un frágil statu quo con el gigante del norte. Está abrumado por sus conflictos internos y no tiene intenciones de jugar a nivel regional. Por eso avala desde lejos al Grupo de Puebla y no procura disputar el liderazgo latinoamericano con Brasil. Le prometió a Fernández apoyo comercial, pero es difícil que México ceda demasiado porque siempre privilegia su vínculo con EE.UU. Le pasó en febrero al ministro de Producción, Dante Sica, cuando se reunió con la secretaria de Comercio de ese país y le ofreció anticipar la apertura del mercado automotor argentino a cambio de una flexibilización comercial para alimentos. No aceptaron. Algo similar había ocurrido durante la gestión de Enrique Peña Nieto, quien una vez que logró mejores condiciones en el ALCA con Washington, dio media vuelta y dejó el tema sin resolución.

Trump también es clave para evitar que las tensiones crecientes con Brasil deriven en una guerra comercial, como pareció anticipar esta semana su decisión de comprar trigo sin aranceles fuera del Mercosur. “Es el único que le puede decir a Jair Bolsonaro que frene la escalada”, asegura un hombre del macrismo que debió lidiar con ambos. El militar brasileño siente una aversión ideológica por el kirchnerismo. Opera con categorías de la Guerra Fría, alimentadas por un entorno que comparte su visión. Hace tiempo evalúa romper el Mercosur y asociarse estratégicamente con Washington, como base de un esquema de acuerdos de libre comercio. Trump piensa que eso aislaría a Fernández, lo ligaría definitivamente al progresismo más radical y complicaría aún más la región.

Para el presidente electo Brasil es una enorme encrucijada. Por eso bajó el mensaje claro de no responder sus intervenciones en público y buscar alternativas diplomáticas, incluso en coordinación con la gestión macrista. La dependencia comercial obliga a extremar el realismo. Pero al mismo tiempo, Fernández no piensa ceder en la reivindicación de Lula por lo que su figura representa a nivel regional, pero también por la simbología asociada a la situación judicial de Cristina Kirchner. Para la narrativa, ambos son víctimas del lawfare , un término que el propio Alberto promovió. Este fin de semana, en la reunión del Grupo de Puebla, Fernández dijo todo lo que le requerían las circunstancias, pero en las reuniones reservadas marcó diferencias cuando algunos dirigentes plantearon posturas demasiado dogmáticas.

Hace ocho años el académico de Harvard Dani Rodrick planteó en su libro Paradojas de la globalización un trilema compuesto por la globalización económica, la democracia política y la soberanía nacional. Según su tesis, ningún gobierno puede cumplir exitosamente con los tres pilares y solo puede aspirar a desarrollar dos de ellos. Los integrantes de la Unión Europea, por ejemplo, resignaron soberanía; Estados Unidos o Gran Bretaña con el Brexit, en cambio, optaron por resignar dosis de globalización; y China resigna democracia. América Latina, como nunca antes, también se enfrenta crudamente a esa inestable intersección. En el medio de ese tembladeral, Fernández busca hacer pie.

Por: Jorge Liotti ADEMÁS Una cumbre para ponerse al frente del progresismo Los problemas de América Latina y un mensaje que perdura En América Latina, los militares ganan terreno al calor de la inestabilidad ¿Te gustó esta nota?